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¡Qué flojera dan las amigas quejosas!/ Rebecca Aguado Tú siempre eres su confesora, su paño de lágrimas. Pero cuando tú tienes un drama, ni hablar: ella tiene otras cosas qué escuchar o hacer, un problema muuy fuerte, en fin...
A ti se te puede acabar de morir la mascota, pero si a ella se le quebró una uña, ese es motivo para que le valga gorro tu pena. Total que ni te escucha y sólo te cuenta cómo le va a ella. Cuando llega tu turno de hablar, ella se tiene que ir, ¡ay, qué pena, pero luego platicamos, sí? Todo era perfecto entre Blanca y yo, hasta que le llegó la nueva crisis. Primero tuvo galán; como él pensaba que yo era mala influencia para ella, nos dejamos de frecuentar, y hasta dejamos de chismear por teléfono. Ya no nos íbamos de reven, bueno, ni un café, no se fuera a incomodar el chavo. Su última crisis fue que terminó con él. Bueno, quesque, porque un día tronaban y a la semana nuevamente eran la pareja que México esperaba. La bronca es que él la cuerneaba con cuanta falda tuviera delante, hasta con la esposa de su hermano... Un día Blanca se apareció en la casa, con los ojos minimizados y del color más rojo que he visto jamás, echando humo de rabia. Acampó en mi casa por una semana, fatal, llorando por los rincones, todo le recordaba a él. Ya sabes, yo la consolé, para eso estamos las amigas al fin de cuentas ¿no? En ese momento pensé que el dolor de mi amiga había llegado a su máximo y que esta era sólo una etapa, pero cuán equivocada estaba. Después de esa semana, al fin ella regresó a su casa. Pero me llamaba, histérica, todos los días para contarme con pelos y señales lo que le estaba pasando. A los seis meses me harté de esa tortura y mejor le dije que nos veríamos una vez a la semana. Nos quedábamos de ver en un café, pero le despertaba un sentimiento de autocompasión que no vieras. Para mí esta “salida de amigas” era más un horror que un placer, pues resulta que como ella tenía tanto dolor, ¿quién crees que pagaba la cuenta y aparte la hacía de doctora Corazón?... Después de un mes así decidí mejor ir a su casa; yo llevaba el café soluble y las galletas. Claro, llegó un momento en que también me cansé y preferí que ella viniera a la mía. Tenía siempre una caja de kleenex extra grande para ella y planchaba durante su visita, para ver si se daba cuenta de que no podía darle todo mi tiempo ni mi completa atención. De verdad llegó un momento en que aborrecía su presencia. Ella llegaba a mi casa a la hora que se le ocurría, o cuando se sentía sola. Yo, después de descuidar otras áreas de mi vida, me di cuenta de que ella no necesitaba una amiga, no era el rollo de su ruptura amorosa: ella necesitaba una terapia y yo le salía muy barata. Llegó un momento en el que ella no buscaba mi apoyo ni mi simpatía, sólo quería que alguien la escuchara, pero no escuchaba. No quería ayuda, sólo que le dieran la razón y la oyeran por horas. Estas amigas viven a tope el papel de sufridas, y lo gozan. Se ven como víctimas y se sienten felices de ser el centro de atención de todas las amistades. No se dan cuenta de que llega un momento en que hartan a cualquiera. Y es que entre más fuerte es el problema es más difícil decirles que no, ¿checas? Esa fue la conclusión a la que llegó mi grupo después de soportar las locuras de Blanca. Todas la padecimos de una u otra manera; Rosy casi se divorcia porque Blanca llegaba, se instalaba en su casa con una botella de vino y no se iba hasta la madrugada. El galán, infartado obviamente. Decidimos que un año era más que suficiente para cualquier crisis; después, cero. Las amigas tenemos un año para hablar de cualquier problema o crisis, pero si no la resolvemos en ese año, nos olvidamos de compartirla. O la resolvemos o nos callamos para siempre. Porque si no, lo que sucede es que usamos esa crisis como válvula de escape para no enfrentarnos a la raíz de nuestras aflicciones. Sientes que tienes una amiga autovictimizada? Checa estos puntos y analiza si es que te exige demasiado: * Su crisis es el punto de su vida, es lo más grande que le ha sucedido. * Repite su tragedia una y otra y otra y otra vez. * No puedes pedirle ni un favor, después de todo lo que cuenta que le ha sucedido. * Estás instalada en una permanente “grúa”, rescatando a tu amiga. * Su frase favorita es: “todo es tan injusto”. * Si la cuestionas monta en cólera. * Cuando cuestionas su crisis o su conducta, se ofende. * No puedes razonar con ella. * Está bien contigo mientras estés en total acuerdo con ella. Pero si no ocurre esto, se ofende o te recrimina por ser tan "mala amiga". En mi grupo hemos aprendido tácticas para decirle NO sin sentirnos mal. Sí, es cierto que cuesta trabajo, pero a lo mejor hasta puedes retomar una amistad sana con ella. Primero tienes que establecer límites: no puede estar llamándote al trabajo, al celular cada media hora o a casa de tu galán. La amistad no es sólo para escuchar problemas. Lo mejor que puede hacer es escribir sus problemas; si no quiere es que definitivamente es más importante su dependencia que el problema. Pídele que haga cosas prácticas por ti, que se ponga en tu lugar también.
Invítala a que participe en ventas de caridad, en voluntariado, en visitas a niños con problemas especiales; que te ayude a recoger la basura amontonada en la calle, que apoye a otros... Sentirse necesitada le servirá mucho y dejará de pensar que es el ombligo del universo. No la invites a eventos, a menos que prometa que no va a hablar de sus problemas. Nunca caigas en una relación terapeuta-víctima, porque ustedes son iguales, y la relación es de amigas. No la cortes del todo, pero recuérdale que tienes reglas para mantener una amistad sana.
 Afortunadamente Blanca reaccionó a tiempo. Poco a poco ha salido; ahora ya podemos vernos todas y platicar cada quien de nuestras cosas; incluso hasta hacemos bromas sobre la “crisis de Blanca”. Eso ya es cosa del pasado. Estamos mucho más relajadas y disfrutamos de nuestras presencias e historias... ¡hasta de nuestras crisis!
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